Ser amable conmigo en los días difíciles
- 25 feb
- 3 Min. de lectura
Un ejercicio diario de paciencia, comprensión y cuidado propio

Qué fácil es tratarnos bien en los días buenos: cuando obtuvimos el ascenso, cuando pagamos la cuota de la casa, cuando expusimos y todos nos aplaudieron. Cuando el mundo parece confirmar que estoy “haciéndolo bien”, qué lindo y qué fácil es regalarnos una copita de vino al final de la noche, comer una torta de chocolate, comprarnos un perfume o una ropita nueva. Pero ¿y en los días malos? En esos días donde necesito abrazarme más porque la vida se puso compleja ¿por qué no me quiero tanto?
La verdadera prueba aparece cuando el día pesa. Cuando no rindo como esperaba. Cuando estoy cansada sin razón clara. Cuando algo no sale. Cuando siento que no avanzo. En esos días mi diálogo interno cambia de tono. Se vuelve más duro. Más exigente. Más impaciente. Como si fallar fuera un delito y no una experiencia humana.
Crecimos creyendo el mensaje proyectado por nuestros abuelos y padres —“Tú tienes más oportunidades, tienes que hacerlo mejor que nosotros”—. Y gracias a Dios, la época que nos tocó sí nos brindó más oportunidades. Sin embargo, la tarea de vivir y ser exitosos no es sencilla.
Aprendimos a celebrar resultados. A medirnos por lo que hacemos o logramos. Entonces, cuando un día no trae logros visibles, cuando las cosas no resultan como lo planeamos, parece que el tiempo invertido no vale, que ese día es desechable. Sería bueno reconocer que, por más ganas que le metamos a la vida, hay días en los que no se aprende nada, no se crece, no se sana. Días en los que simplemente se sobrevive.
Ser amable conmigo en los ratos difíciles significa entender que no todos los días serán productivos ni inspiradores. Hay algunos días grises, días planos. Y llegar al final de la jornada para refugiarnos en casa, con una sopita caliente o un helado —lo que sea que te haga feliz—, entrar al cuarto, ver una serie, leer un libro o simplemente meternos en la cama y apagar la mente un rato… eso es suficiente.
Sobrevivir un día malo no tiene que ser épico. Ni siquiera tiene que dejar una reflexión inmediata; el amanecer y una cabeza más fría se encargarán de traer la moraleja. En tiempos difíciles, lo importante es darnos amor, cobijarnos, buscar comodidad y refugio en nosotros mismos.
Hay que reconocer que muchas de las cosas que observamos desde pequeños —las acciones que modelaron, lo que vimos y repetimos sin cuestionar— se aprenden y se adhieren a nuestra forma de ser como un pegamento casi inamovible. Esto aplica tanto para lo bueno como para lo malo: aún sigo siendo muy respetuosa del espacio de otros y, al mismo tiempo, continúo en mi lucha constante por no llegar tarde a todos lados.
En esa ruleta de hábitos heredados, el autocuidado y la empatía hacia uno mismo rara vez ocupaban un lugar visible. Nadie en los noventa ni en los dos mil hablaba de estos temas con la naturalidad con la que se habla hoy. Gracias a Dios la conversación ha cambiado, pero ahora nos toca a nosotros —adultos de treinta y tantos o cuarenta y tantos— aprender sobre la marcha lo que nadie nos enseñó.
Hoy nos toca ser menos exigentes con nosotros mismos, o al menos medirnos con la misma vara con la que medimos al resto del mundo. Porque pareciera que ser amable con otros es más sencillo que serlo con uno mismo, y ponernos en primer lugar se siente como un privilegio reservado para pocos. Tal vez el primer paso sea apagar las voces del exterior para poder escuchar la propia: nuestra mente, nuestro cuerpo, nuestras emociones.
Ser una adulta sana también es aceptar que, a pesar de las cuentas por pagar, las responsabilidades por cumplir y las personas que dependen de nosotros —emocional y/o económicamente—, sostener siempre cansa. Cansa ser la que resuelve. La que organiza. La que no falla.
Tal vez crecer no se trata solo de asumir responsabilidades, sino de aprender a tratarnos con la misma comprensión que ofrecemos a los demás. Tal vez la verdadera madurez no es ser invulnerables, sino saber acompañarnos cuando nos sentimos frágiles. Y entender que no necesito brillar todos los días para merecer mi propio reconocimiento.
Y ahí es donde la amabilidad deja de ser un lujo y se vuelve una necesidad. Porque si el mundo va a ser así de duro, al menos debo poder encontrar refugio en mí misma.



Comentarios