Crecer es también ver envejecer a tus padres
- 12 mar
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Para esta semana tenía pensado escribir un post diferente. Pero a veces es importante detenerse un momento, observar, escuchar un poco más y entender lo que la vida —o el universo— parece estar diciendo.
En los últimos días he visto a muchos amigos publicar fotos con sus padres ya mayores. Otros, en cambio, han hecho público que atraviesan momentos difíciles por enfermedad o por tener que despedir a sus seres queridos. Y entonces aparece esa sensación difícil de ignorar: los años pasan para todos.
De por sí ya es extraño mirarse al espejo y aceptar que uno mismo está entrando a otra etapa. El maquillaje ayuda, algunas horas en el gimnasio también, pero tampoco es que hagan súper magia. El tiempo, de una forma u otra, siempre encuentra la manera de notarse.
Pero hay algo todavía más complejo: girar la mirada y entender que crecer también implica ver envejecer a tus padres.
En estos días, además, el algoritmo de Instagram o TikTok —que claramente saben que soy mamá— insisten en mostrar videos de mujeres de ochenta años recordando cuando su casa estaba llena de juguetes, de desorden, de rutinas interminables entre el colegio, el nido, las tareas y los horarios imposibles que siempre se hacían posibles. Es una reflexión futura sobre el presente donde el mensaje siempre es el mismo: algún día vas a extrañar todo esto.
Pero a mí últimamente me pasa algo distinto: extraño el tiempo hacia atrás.
Extraño llegar del colegio siendo todavía una adolescente y encontrar a mi abuela en la cocina. Esperar a las siete de la noche para salir a saludar a mi abuelo cuando regresaba de trabajar y cenar todos juntos. Ir al cine con mi papá cada cumpleaños. Es curioso cómo ciertos momentos, que parecían tan cotidianos, con los años se convierten en tesoros.
En mi caso, muchos de mis recuerdos importantes están ligados a mis abuelos, porque con ellos crecí gran parte de mi vida. Por eso, cuando perdí a mi abuela, fue una sensación extraña. No era exactamente quedar huérfana… porque mi mamá sigue conmigo. Pero de alguna forma sentí que sí.
Y mi mamá que sigue en este plano, para mi es muchas cosas a la vez: madre, confidente, amiga, terca, rebelde. Una mujer de sesenta y tantos que está entrando poco a poco en esa etapa donde uno empieza a preocuparse más por ellos.
Pero mi abuela… mi abuela era otra rama de mi árbol, quizá era raíz. Y cómo se le extraña.
Curiosamente, ahora la pienso menos que antes, pero la siento más presente. Aparece sin avisar en aromas, en pequeñas manías que repito sin darme cuenta, en frases que recién ahora entiendo. A veces pasan años antes de comprender lo que nuestros mayores intentaban enseñarnos.
Y aun así, aunque la vida ya me ha enfrentado antes a la pérdida, y debería estar acostumbrada a la muerte, siempre es difícil aceptar ver envejecer a las personas que amas.
Porque llega un momento en que uno entiende que el cuerpo, por más cuidado que haya tenido, también se cansa. Los órganos se agotan, las manos empiezan a temblar, la memoria a veces falla. El cuerpo es solo eso, una máquina, y ninguna máquina es eterna.
Pero la vida humana no solo es cuerpo. También somos alma, somos recuerdos.
Y tal vez ahí está una pequeña forma de engañar al tiempo. Porque si un día una enfermedad no me deja hacer ciertas cosas, podré recordar lo que sí viví. Podré decir: ya lo hice, ya lo disfruté, ya estuve ahí.
Y si algún día la memoria empieza a fallar —si mi padre, mi madre, mi esposo o incluso yo misma dejamos de estar completamente en el aquí y ahora— me gustaría pensar que quedará algo más profundo guardado.
Algo emocional. Que la memoria emotiva tenga un tiempo feliz al cual volver…
A ese momento esa tarde en la cafetería.
A las risas de la casa en una reunión familiar.
A la mesa servida.
A la calle los 25 de diciembre estrenando los juguetes que recibimos en navidad.
A la casa con todos tus libros y muñecos regados.
A la torta de cumpleaños.
Al olor del chocolate caliente.
A los viajes.
A las mañanas en la cama cuando entrábamos los tres.
A los cuentos interminables antes de que te duermas…
Porque si bien el cuerpo, “ la máquina no es eterna”, la mente, los recuerdos que constituyen quienes somos y lo que fuimos, quizá sí. Y si eso es cierto, entonces lo que hagamos hoy importa mucho más de lo que creemos.
Seamos honestos, la vida, el trabajo, las responsabilidades de alguna manera nos roban tiempo, pero siempre podemos hacer más y no dejar para después esa llamada pendiente, esa visita a casa de tu familiar, la salida con las amigas del alma, el paseo con los chicos mientras nos quieran cerca. Ciertamente, lo más valioso no es nada extraordinario. Es cuestión simplemente de llamar más seguido. Visitar más. Escuchar más.
Pero también es verdad que no todas las historias son iguales. A veces querer también significa hacerlo a distancia. Y eso también está bien.
Tal vez crecer también sea esto: aprender, poco a poco, a mirar a nuestros padres con otros ojos. Entender que ellos también se están cansando. Que ya no son los gigantes que parecían cuando éramos niños y que en muchos casos los niños hoy son ellos. Amarlos como lo hicieron o enseñarles a amar. Protegerlos, abrazarlos, estar.
Y quizás eso sea la vida: aprender a estar presentes, a sostener sus manos hoy, para que mañana podamos sostener sus recuerdos en nosotros.



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