top of page
Buscar

Crónicas de una adulta improvisando

  • 13 feb
  • 5 Min. de lectura

Avanzando sin certezas, pero con mucha fé



No sabía muy bien por dónde empezar, así que empecé por acá…

Supongo que esa frase resume bastante bien no solo este texto, sino muchas de las cosas que hago, pienso y siento últimamente. Improvisar se ha vuelto una forma de avanzar para mi, una manera decente de seguir caminando sin tener todas las respuestas claras porque honestamente ¿Quién tiene la razón siempre?


Y masomenos es lo que va a pasar a menudo con cada post de este blog, que no tengo la certeza de cómo va a terminar cada historia, pero si tengo las ganas o la necesidad de contarlas, de compartirlas y exteriorizarlas como si fuera la narradora en off de mi propia vida y por ahí que mis vivencias son similares a las tuyas.


En otras palabras de eso se trata este blog de compartir historias comunes de adulta que ha crecido y sigue creciendo sin manual. Al igual que tu solo he tenido una oportunidad para ser niña, una oportunidad para ser adolescente, para ser jóven y después me detuve acá, 

en esto que se llama ser adulta que nadie dijo que sería tan complejo, más complicado que lo vivido antes porque diferentes motivos, quizá porque dura más tiempo y trae  muchas responsabilidades, viene con la presión de hacerlo bien porque no hay respaldos y con la necesidad de ganar mucha mucha plata para vivir dignamente.


Ser adulta es raro. Nadie te explica exactamente cuándo empieza, quizá por ahí cuando acabas el instituto o la universidad, o quizá cuando obtienes tu primer empleo y recibes tu primer sueldo, realmente no lo sé; creo que solo un día te das cuenta de que eres tú quien tiene que decidir, resolver, sostener y mantenerte de pie sin ayuda de otros; claro la familia siempre está pero tu vida es responsabilidad tuya y de nadie más.


Te hago una confesión: en mi caso particular sí tuve la suerte de poder identificar ese momento, ese día exacto en que caí en cuenta que me habái convertido en una adulta ¿raro no? Es que fue un día tan cansado, tan raro que por algún motivo mi mente registró y guardo todo ¿Será que siempre he sido muy observadora? ¿Será que soy virgo?


Era un día x del 2007, todo comenzó mientras el bus avanzaba a las 6.30 am despacito por la avenida República de Panamá hasta mi paradero, frente al Wong de Benavides. Bajé y caminé tranquila, el día recién empezaba. Pasé por el Parque Reducto y, a pocos metros estaba mi centro de estudios.


La clase de Comportamiento del Consumidor me despertó. Para las 10 de la mañana ya había terminado la clase y entré a la cafetería del instituto a tomar otro café y prenderme un cigarrito Capri—los capris eran unos cigarrito largo lindos y mentolados, riquísimos que más que eran toda una experiencia sensorial—.


Fumar en aquellos tiempos para una estudiante de marketing, obvio que era normal, lo raro era no hacerlo. Absolutamente todos los profesores y alumnos de esa carrera tomaban café y fumaban como ritual —la vida luego me enseñaría rápido que fumar no era cool y que, además, yo, una chica con historial asmático, tenía que dejarlo— Bueno en fin, una clase más de alguna materia que no recuerdo pero duraba dos horas. ¡Ya era la 1 de la tarde! ¡Estaba tarde!


Continuando con los malos hábitos, almorcé una hamburguesa rápida a la rápida porque tenía que entrar a mi trabajo part time en una tienda de discos—hermosa experiencia en la que aprendí un montón de música pero me duró menos de 6 meses-. Al final de la tarde, de ese día, salí corriendo para llegar a mi última clase a las 7 de la noche, llegué un poco tarde pero los profes sabían que la gente que estudia en la noche viene de la oficina o de la chamba cansada. Finalmente, llegaron las 10 y yo  ya estaba sentada en el bus de regreso a casa, otra vez pasando por la misma avenida, las mismas calles, con hambre y sintiendo cansancio de gente grande. Fue en ese punto cuando me pregunté ¿Esto es ser una adulta? ¿Sin mamá ni abuelita llamando para saber si había almorzado o para preguntarme a qué hora volvía? Era yo conmigo misma, viviendo mi vida “independiente” que tanto reclame en secundaria jajaja Y entendí que así sería en adelante.


Con el tiempo esas escenas pasaron a ser parte de la normalidad, nuevos estudios, otros trabajos a tiempo completo, se sumaron las cuentas, las responsabilidades, y una sensación constante de que debería estar haciéndolo mejor, o quejándome menos porque mis abuelos hubieran querido tener estudios superiores, hubieran querido tomar las oportunidades que yo estaba teniendo...


Y es que creo que eso es una constante en mucha gente de mi edad, sentir que la pasamos a la etapa de la adultez con un país o un mundo que nos brinda más oportunidades, y muchas veces somos juzgados por repensar el dónde estamos, cómo hemos llegado y que es lo que queremos en el aquí y ahora para nuestras vidas, preguntas que para nuestros antecesores no había tiempo ni siquiera para pensarlas, para ellos solo tocaba avanzar y seguir caminando.


Yo crecí viendo a mis papás,a mis tíos, y a mis abuelos hacer malabares con lo poco que tenían. Vengo de una historia donde nada era seguro, pero aun así todo seguía. Lima en los noventa no fue un lugar fácil para crecer, y sin embargo hubo casa, comida, estudió, esfuerzos silenciosos que hoy, mirados desde esta adultez improvisada, se sienten gigantes. Mis padres no tenían manual, pero tenían una fortaleza cotidiana que ahora admiro profundamente.


A veces, cuando los días se sienten pesados y me pregunto si soy feliz en mi trabajo, si esta rutina de salir con luz y volver de noche es realmente la vida que quiero, pienso en ellos, pienso en cómo seguían, incluso cuando el contexto era duro, incierto, injusto. Y por un momento eso me recarga. Me ordena. Me calma.


Pero no siempre alcanza. Hay días en los que pensar en esas historias ayuda un poquito, en los que la vida se siente igual de pesada y cansada aunque sepas que otros la tuvieron más difícil. Y ahí entendí algo que me costó aceptar: que aunque quizá tenemos más comodidades que las generaciones anteriores, eso no invalida nuestras propias dudas, nuestros miedos. Los adultos improvisados de hoy estamos viviendo la época que nos tocó, con sus propias exigencias, presiones, introspecciones, cuestionamientos, aprendizajes y formas de cansancio. Porque es cierto que antes habían menos posibilidades de comprarte un auto o había menos opciones de transporte público, pero había menos tráfico; había menos información y ayuda tecnológica para criar a los hijos, pero en muchos casos la madres no tenían trabajo de oficina a la par, y así podría poner más ejemplos. 


Somos adultos viviendo el aquí y ahora, improvisando  entre boletas, trabajos que no siempre nos llenan, responsabilidades que no se detienen y la sensación de seguir siendo jóvenes por dentro, aunque el mundo ya nos trate como adultos hechos y derechos. Nos equivocamos, probamos, corregimos sobre la marcha. Nos reímos solos a veces, con una risa rara, medio cansada, medio resignada, y aun así seguimos.


Este espacio nace de ahí. De no tener certezas, pero sí ganas de contar. De poner en palabras lo cotidiano, lo simple, lo que pesa y lo que acompaña. No para dar respuestas, sino para dejar constancia de que estamos muchos en lo mismo, improvisando como podemos, tratando de hacerlo lo mejor posible con lo que tenemos.


Si esta es la adultez, entonces que al menos nos encuentre escribiéndola.

 
 
 

Comentarios


Envíame un mensaje y dime lo que piensas

¡Gracias por tu mensaje!

© 2035 Creado por Tren de ideas con Wix.com

bottom of page