top of page
Buscar

No soy la adulta que imaginé...

  • 13 feb
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 16 feb

pero ¡don´t stop me now!



De pequeña solía imaginarme muchas veces en lo que me convertiría de adulta, y jugaba feliz poniendo en práctica mi profesión. En diciembre curaba animalitos del nacimiento, le ponía curitas a mis peluches ¡Yo quería ser veterinaria! Ese sueño me duró poco, pronto uno de mis adultos me lo bajó con delicadeza de aquel sueño. En los noventas ser veterinario era tirarse a la piscina sin agua. No pagaba bien, muy poca gente invertía en sus mascotas ¿Cómo cambió el mundo ahora no? Que bueno. Y cómo metió la pata mi papá al no dejarme apostar por esa profesión.


Después quise ser profesora y jugué muchas veces enseñando a mis primos más pequeños. Pero nuevamente la voz de mis adultos apagó esa ilusión. De maestra tampoco ganaría mucha plata, así que poco a poco ese sueño también lo dejé atrás. Ahí entendí que soñar estaba bien, siempre y cuando se pagara bien.


Otras veces la nostalgia me atrapa en la cocina, cuando me encuentro preparando el clásico platillo que hacía mi abuelita, un rico estofado. Intentando conseguir ese sabor exacto (que nunca logro del todo). Hay algo profundamente humano en buscar a alguien a través de una receta, como si el olor pudiera traer de vuelta su voz, sus manos, sus aromas. Mientras tanto aquí seguimos, repitiendo sus frases sin darme cuenta o buscándola en algún trapito bordado con su nombre en su cocina.


Con el tiempo dejé de decir en voz alta lo que quería ser. Aprendí que algunas ilusiones se guardan para uno mismo. Al crecer, elegí una carrera que se pudiera pagar y que, de alguna forma, me acercara a ese sueño silencioso. Así llegué a estudiar comunicaciones.


¿Soñaba con ser comunicadora? No exactamente.

¿Me ha ido mal? No.

¿Me convertí en eso que soñaba en secreto? Diría que voy en camino…


Imagino que no soy la única. Probablemente muchos adultos de hoy terminamos siendo profesionales distintos a los que nuestros niños imaginaron. Si nos encontráramos con esas versiones pequeñas de nosotros y nos preguntaran si logramos ser lo que soñábamos, tal vez no quedarían del todo satisfechos.

Pero no seamos tan duros con nosotros mismos. Tocaría explicarles a esas versiones nuestras del pasado, que de niños no sabíamos lo difícil que se pondría la vida; lo complejo que es ingresar a la universidad, pagar las cuotas, postular y competir con otros cientos o miles de jóvenes por un mismo puesto de trabajo. Trabajos  que ya no duran para siempre. Explicarles que a veces no se trata de elegir lo que uno ama, sino lo que permite llegar a fin de mes con un poco de calma.


Y aun así, estoy segura de que ese niño o niña nos miraría fijo y preguntaría algo más simple, más honesto: ¿Y todavía puedes convertirte en eso que soñamos?


Esa simple pregunta lo cambió todo.


Porque si bien nadie puede retroceder el tiempo o viajar al pasado —aún— lo que sí podemos es cambiar el futuro. Y es más,  podemos elegir qué hacer en el presente, podemos decidir qué hacemos con lo que somos hoy.


A esta edad ya tuvimos nuestro primer trabajo, nuestra primera renuncia —o despido—, y aprendimos a reinventarnos para seguir siendo adultos funcionales. Responsables. Presentes. Entonces, suponiendo que tenemos lo necesario está cubierto  ¿Qué nos limita realmente? ¿Qué es lo que nos detiene a convertirnos en eso que solíamos soñar?


Tal vez no se trate de abandonar la vida que tenemos, sino de abrir pequeños espacios. Clases, intentos, hobbies, estudios tardíos, sueños retomados sin urgencia. No para cumplir una meta perfecta, sino para no dejar morir del todo a quien fuimos, lo que soñamos, lo que amamos y aun sentimos que hacen falta en nuestra vida.


A veces veo adultos con estabilidad, con logros, con todo “en orden”, y aun así con una sensación de vacío difícil de explicar. Quizás no sea falta de éxito, sino de conexión con eso que alguna vez nos hizo sentir especiales.


Tal vez crecer también sea eso: aprender a cuidar al niño que fuimos. No prometiéndole que todo será como lo imaginó, sino asegurándose que todavía hay lugar para florecer, aunque sea de otra forma, a otro ritmo, en otro tiempo.


Y antes de cerrar este post, ¿qué soñaba ser, eso que mantuve en secreto y que aún sigue en proceso?— la respuesta aparece clara: Quise ser escritora.  Y todavía quiero serlo.


Tal vez por eso existe este blog. Porque escribir es la forma más honesta que encontré de acercarme, aunque sea un poco, a la persona que imaginé ser. No sé si eso se traduce en éxito. Nunca supe medirlo del todo. Para muchos, el éxito se cuenta en métricas, en alcance, en vistas. Para mí, hoy, tal vez tenga otra forma. Tal vez se trate simplemente de escribir para compartir lo que llevo dentro, con personas a las que, quizá, les pasa algo parecido.


Escribir sobre lo que aprendimos, sobre los errores que nos tocaron, sobre crecer en este espacio y tiempo que nos tocó compartir. Sin certezas absolutas. Sin finales perfectos.


No sé si este camino me lleve a donde imaginé cuando era niña. Pero sí sé que, cada vez que escribo, estoy un poco más cerca de mí misma. Y, por ahora, eso alcanza.

 
 
 

1 comentario


Cecilia Castillo Martínez
Cecilia Castillo Martínez
26 feb

Se me salieron unas lágrimas cuando leí lo de la receta del estofado y tu abuelita, ¡qué difíciles son las pérdidas! Y es que también pasa que siendo "adulto" duele más perder a alguien importante en tu vida. Gracias por esta linda lectura, gracias por recordarme que aún puedo ser mi versión de mí misma. Abrazo.

Editado
Me gusta

Envíame un mensaje y dime lo que piensas

¡Gracias por tu mensaje!

© 2035 Creado por Tren de ideas con Wix.com

bottom of page