La nostalgia de las cosas absurdas
- 13 feb
- 4 Min. de lectura
Objetos, lugares y recuerdos que no eran importantes… hasta que lo fueron…

La nostalgia es un sentimiento extraño, puede hacerte sonreír y doler al mismo tiempo. Creo que es un sentimiento que solo tenemos quienes hemos vivido algún momento mágico y luego lo hemos perdido. Una emoción que aparece para recordarnos que existió una versión de nosotros que ya no está. Últimamente me visita seguido…
A veces llega cuando veo una foto de mi bebé con apenas unos meses de vida. Admirar cuánto aprende, cómo corre, su inmensa curiosidad. Disfruto mucho más esta versión de él, y probablemente lo prefiero así, fuerte e independiente. Y aun así…es inevitable no querer tener entre mis brazos a ese pequeñito que me sonreía con sus ojitos chinitos y su boquita sin dientes.
Otras veces la nostalgia me atrapa en la cocina, cuando me encuentro preparando el clásico platillo que hacía mi abuelita, un rico estofado. Intentando conseguir ese sabor exacto (que nunca logro del todo). Hay algo profundamente humano en buscar a alguien a través de una receta, como si el olor pudiera traer de vuelta su voz, sus manos, sus aromas. Mientras tanto aquí seguimos, repitiendo sus frases sin darme cuenta o buscándola en algún trapito bordado con su nombre en su cocina.
Escribía hace años el gran Marcel Proust en su cuento “En busca del tiempo perdido” acerca de esta sensación, donde un recuerdo invade el cuerpo y los sentidos y sin querer, sin darnos cuenta, está activada la memoria involuntaria.
Hasta ahí, nada tiene de absurdo. Añoramos personas que amamos. Eso es natural.
Pero ¿qué pasa con las otras nostalgias?
Las que llegan por lugares que todavía existen, pero ya no son los mismos. El patio del colegio, la clase de historia universal. Una azotea donde se lloró y se rió sin saber que algún día esos momentos serían recuerdo. Una cafetería cualquiera donde dos amigos conversaban sin imaginar que estaban construyendo algo importante. En ese momento eran solo días normales. Ahora son capítulos cerrados.
Quizás por eso empezamos a llamar “absurdas” a estas nostalgias. Porque no se trata de grandes pérdidas. Se trata de martes cualquiera. De rutinas. De espacios que no parecían trascendentes, pero sí lo eran.
Decirle absurdas a recuerdos que vuelven sea por un objeto o un lugar, como si darles la categoría de “absurdas” hicieran que sintiéramos menos, que dolieran menos o se entendieran mejor. Pero la verdad es que no tienen nada de absurdas: solo hablan de tiempos más lentos, de versiones nuestras que vivían sin darse cuenta de que algún día mirarían atrás
Y es que aunque se traten de objetos simples, hoy pienso en ellos como tesoros, quizá por que son inalcanzables, ya no puedo tenerlos. Muchos se descontinuaron, desaparecieron del mercado, no los fabrican más y con ellos se pierde un poquito de mi yo del ayer ¿Quizá eso es lo que duele con un producto nostálgico? Que siempre está la esperanza de volverlos a encontrar en el camino y así de simple regresar a tus doce, a tus veintes. Pero creo que cuando un producto no existe más, irremediablemente te han quitado, haz perdido un momento, una sensación a la que ya no podrás retornar.
Las ironías de la vida, la nostalgia de las cosas absurdas, la complejidad de las emociones…
Un perfume verde de Benetton que hoy sería solo una botella más en una tienda, para mí guarda una versión completa de quién era, no de la fragancia que otros percibían en mí sino de los universos que yo me creaba a partir de ese aroma. Un lapicero. Soy de los humanos que siempre llevan una libreta de notas y un lapicero, siempre ha sido así. Pero hubo un tiempo en el que cambié el papel por una tablet y luego por una laptop. Cuando quise combinar ambos mundos, era muy tarde, habían dejado de vender mi lapicero favorito — con el que mi letra no se veía tan fea —-y la letra es algo muy inspirador para una persona que sueña ser escritora—.
Luego está la tecnología de los primeros años del dos mil. Mi viejo MP3, que no era solo un reproductor de música: era un refugio portátil. Canciones cargadas con paciencia, audífonos que aislaban el mundo, pensamientos que caminaban al ritmo de cada pista. Más tarde apareció en mi vida un hermoso y morado celular con tapita, que parecía pequeño e insignificante, pero que guardó conversaciones, descubrimientos musicales, momentos que hoy serían imposibles de repetir igual.
Lo bueno no dura para siempre. A veces se vuelve obsoleto. A veces nos lo arrebatan. A veces simplemente avanzamos.
Con los años he entendido que la nostalgia no siempre quiere que regresemos. No nos pide retroceder. Solo aparece para recordarnos que hubo momentos más simples, más manuales, más presentes. Momentos en los que no sabíamos que estábamos viviendo algo que algún día íbamos a extrañar.
Tal vez por eso estas cosas pequeñas siguen regresando: un aroma, un objeto, una canción. No porque las necesitamos ahora, sino porque en ellas quedó guardada una versión nuestra que todavía nos habita.
Quizás nunca fueron absurdas.
Solo eran importantes antes de que supiéramos que lo eran.



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