Amistades que cambian con el tiempo
- hace 2 horas
- 4 Min. de lectura
Cuando crecer no es perder amigos, sino quererlos desde otro lugar.

Es normal que, cuando los años avanzan y uno va dejando la escuela, entra a la universidad y llega el primer trabajo, también vayan llegando nuevas personas a nuestras vidas. Los amigos del cole, de la U, la gente de la oficina… si haces las cuentas, son muchos, con intereses distintos, horarios distintos y distancias muy distintas a las tuyas.
Y en algún punto te cuestionas:
¿Se puede tener tantos amigos?
Más importante aún: ¿se pueden conservar todos o algunos se van perdiendo con el tiempo?
Últimamente he estado pensando en todas esas personas que conocí en el pasado y en la dicha de tener —o lograr conservar— a los pocos que me acompañan hasta hoy, a pesar de lo mala amiga presencial que soy. Desde chiquita he sido medio perezosa social; admito que me cuesta ir a eventos o salir de la rutina para aceptar planes no planificados. Necesito, por lo menos, procesar una salida con tres días de anticipación.
Más o menos funciona así: de 10 quinceañeros a los que me invitaron, fui a 3; de las 12 bodas, fui a 2; de las salidas a discotecas o bares, que fueron cientos, habré asistido a unas 15 o 20 nomás. Bajo esta realidad mía, me vuelvo a preguntar:
¿Se puede ser amiga de alguien a quien no ves hace mucho?
¿Con el tiempo te quedan solo los amigos que te conocen, te aceptan y permanecen para siempre?
Voy a responder mis propias preguntas, que espero también sean las tuyas. Yo creo que sí es posible tener muchos amigos en distintos momentos de la vida y que provienen de lugares muy diferentes. Pero no creo que todos puedan quedarse. La vida nos enseña a identificar a los amigos de etapas y a los amigos que son para siempre.
Los amigos que son para siempre han pasado contigo los mejores y los peores momentos, los más vergonzosos. Se alegran de tus triunfos y se afligen cuando saben que las cosas no van bien. Son esos amigos que, en los primeros años, necesitan reforzarse con mucha cercanía: mucho contacto, muchas miradas, muchos abrazos, andar par a par.
Pero la vida avanza. Uno va tomando otros caminos, formando una nueva familia, tratando de hacer espacio para compartir con la primera familia (padres, hermanos, abuelos). Sigues conociendo gente nueva porque hay algo que no cambia: el trabajo no puede faltar y el tiempo no se detiene.
Y así, esos grandes amigos a los que les dedicabas tanto espacio al inicio van pasando a un segundo nivel. Ojo: no a un segundo plano, sino a un segundo nivel.
Ya no son las personas que ves con frecuencia, pero cuando las ves, las conversaciones se retoman exactamente donde se quedaron. Las distancias físicas se vuelven pequeñas porque estás frente a un amigo del alma, alguien que ocupa un lugar superior al de la gente nueva que conoces, un sitio donde nadie jamás lo va a reemplazar.
Eso de la amistad también aplica a las relación de parejas que además son amigos. JC (mi esposo y yo) Llevamos varios años de casados y tenemos un bebé de un año y algunos meses, así que nuestra vida de pareja, como es natural, ha cambiado. El amor sigue ahí, firme, pero el tiempo se reparte distinto. Ya no compartimos siempre los mismos espacios ni la misma energía de antes: cuando él está con el bebé, yo descanso, y viceversa. A veces el cansancio gana y las salidas a solas son menos frecuentes, y nuestra cama hoy está dividida por un pequeñín hermoso.
Pero eso no significa que la pareja se haya perdido, solo que se transformó. Seguimos buscándonos en los pequeños gestos: en las conversaciones a media noche, en los memes que nos mandamos durante el día, en tomarnos de la mano mientras paseamos a los perros o hacemos las compras semanales. Hoy amo a mi esposo desde otro ritmo, con otra profundidad, sabiendo que el tiempo de pareja también se reconstruye por etapas. Y puedo esperar con calma ese espacio que sé que volverá, porque además del amor, tengo a mi amigo al lado, a mi mejor amigo.
Creo que al final todo se parece un poco a eso. A entender que las relaciones importantes no desaparecen, solo cambian de forma. Que los amigos verdaderos no se miden por la frecuencia, sino por la profundidad; por la certeza de que, aunque el tiempo pase y la vida nos lleve por caminos distintos, siguen ahí. Sin embargo, comprendo que en medio de todo lo que nos ocupa, siempre vale la pena hacernos un espacio para conectar con esas amistades. No importa cuántas veces ocurra, sino que ocurra. Porque cada encuentro, por breve que sea, deja algo que nutre la amistad y la sostiene hasta la volvernos a encontrar.
Tal vez crecer no sea perder amigos, sino aprender a quererlos desde otros lugares, sin exigirles la presencia constante que antes necesitábamos, pero siempre brindándoles y regalándonos un pequeño espacio con ellos y ellas, porque son parte de las memorias que nos han construido. Y aceptar que las personas que se quedan —amigos o amores— no siempre caminan a nuestro lado todo el tiempo, pero sí permanecen en el mismo lugar del corazón.




Comentarios